Sentido de urgencia
con Carlos Andrés Salazar
El viernes 13 de octubre de 2018 comenzó a las 3 de la mañana. Queríamos recorrer el eje cafetero y ver la cumbre del Nevado Santa Isabel de cerca. En aquel entonces Diana y yo llevábamos seis meses viviendo juntos. Ella trabajaba como médica de sedación en el Hospital Pablo Tobón Uribe y yo estaba terminando mis estudios doctorales sobre la historia cultural de la conciencia.
Queríamos aprovechar el puente de octubre para hacer nuestro primer viaje juntos. El día anterior viajamos de Medellín a Santa Rosa de Cabal, en una carretera llena de pares y siga que hicieron larga la jornada. Bajamos a La Pintada divisando el Cerro Tusa, bordeamos el Río Cauca y nos desviamos por Riosucio. Nos hospedamos en Los Termales.
A las 4 de la mañana ya estábamos remontando la cordillera. Pasamos del bosque de niebla al páramo e hicimos la primera y única estación en un lugar dónde nos sirvieron el desayuno y nos prepararían para la alta montaña. En ese punto, a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, Diana se desmaya y se golpea la cabeza. Justo contra una roca, justo en lo que coloquialmente llamamos la sien. Ahí comienza la historia de la incertidumbre, la velocidad y la urgencia que busqué representar en la novela.
Tres horas después, al llegar a la Clínica Los Rosales de Pereira nos encontramos con un personal dispuesto a socorrer a Diana y ayudarnos con todo lo necesario. Allí, la Doctora Adriana Páez, neurocirujana, toma la decisión de operarla, comprendiendo, quizás, que pese al pronóstico estaba frente a una paciente joven en buenas condiciones mental y física.
Luego de permanecer más de quince días en el hospital, diez de ellos en la UCI, recibimos el alta médica y regresamos a Medellín para comenzar un proceso de rehabilitación y redescubrimiento que ha tomado años.




