Retrato de un poeta adolescente
por Héctor Abad Faciolince
I
Daniel Echavarría era un muchacho alto, flaco, pecoso, desgarbado. Tan risueño que parecía estar siempre contento. Vivía con la nariz tapada y por eso respiraba casi siempre por la boca, su boca siempre medio abierta, en busca de aire. Caminaba como a grandes zancadas, pero dando brinquitos y uno pensaba que en cualquier momento, aunque nunca bailaba, se iba a poner a bailar. Tenía los ojos verdes, grandes, francos, redondos y muy abiertos, como si se quisiera tragar el mundo. No practicaba ningún deporte, pero sus manos de dedos muy largos y expresivos, de vez en cuando tocaban las teclas del piano de su casa, y no lo hacía mal. Aunque, en realidad, las teclas que más tocaba eran las de una máquina de escribir azul. Parecía feliz, uno diría que era muy feliz, pero no, una extraña oscuridad interior lo hacía sufrir por algo que nunca nadie supo descifrar. Al menos yo no, y creo que sus padres, sus hermanos, sus primos y sus otros amigos tampoco. El alegre Daniel era misteriosa e inexplicablemente un muchacho triste, angustiado. Y más que triste, vivía en los límites de la desesperación. Pero no, no se supo por qué, nunca supimos por qué y ahora ya no es tiempo de adivinar.
Además de ser vecinos del barrio de Medellín donde los dos nacimos, Laureles, mi amigo Daniel era hijo de “Echa”, Alberto Echavarría, un reconocido hematólogo, condiscípulo de mi papá en la Facultad de Medicina en la Universidad de Antioquia, y de la hermosa Pipiola, Lía Saldarriaga, también muy buena amiga de mis padres. A Daniel y a sus padres siempre los conocí; tal vez por esto ni siquiera recuerdo cuándo nos hicimos amigos. Su familia y la mía eran tan cercanas que Alberto y Lía habían pasado la luna de miel en la casa de mi papá y mi mamá en México, cuando ellos vivían allá a principios de los años 50. La amistad de los padres se contagió a los hijos y en mi caso puedo decir que los lazos entre las dos familias fueron tan estrechos que el hermano mayor de Daniel, Diego, me enseñó a manejar carro muy rápido y muy salvajemente; que otro de sus hermanos, Alberto, me enseñó a jugar ajedrez (con mucho más cuidado que Diego a conducir); y que otra de sus hermanas, Elsa, me enseñó a querer bien, pues fue mi primera novia.
Quizá a todo lo anterior se deba a que en algún momento, apenas saliendo de la infancia, alrededor de sus trece y de mis doce años, Daniel y yo empezamos a escribir versos tímidamente y casi al escondido, casi como si fuera un pecado. La poesía no se enseña a la manera del acelerador, el freno y el volante; tampoco se la enseña como se explica el mate pastor, el enroque o los besos, sino que se aprende leyendo y escribiendo, supongo que empezamos leyendo a otros poetas y que luego nos dio por imitarlos. Es posible que no tuviéramos los mejores maestros; en vez de ser discípulos del joven Rimbaud, imitábamos a algunos de los poetas más mediocres de nuestro país y nuestra lengua. Ni siquiera a los buenos. Eso sí, para que nadie pudiera leer nuestros primeros intentos poéticos (tímidos y sumamente banales), nos inventamos un alfabeto secreto muy ingenuo que creíamos indescifrable: la A se escribía /; la B era este signo: $; la C se reemplazaba por una exclamación (!); y así sucesivamente hasta la Z, que era una K invertida. No creo que al comienzo, y ni siquiera al final, Daniel y yo supiéramos que al escribir poemas estábamos jugando con candela, con fuego. Que fuera peligroso, nadie nos lo advirtió. Nos tomábamos muy en serio eso de traducir a las palabras, más que las alegrías de la vida, sus temores y angustias, nuestra inseguridad e insatisfacción de adolescentes. Quizá más tarde empezamos a leer también poetas mejores, pero más oscuros, y a imitarlos.
El caso es que, poco a poco, a fuerza de leer poetas malditos, herméticos y lúgubres, nos fuimos obsesionando con la muerte. A mí me dio por pintar de negro las paredes de mi cuarto y me encargué de teñir del mismo color las sábanas de la cama. Daniel había hecho antes lo propio; yo más bien lo seguía e iba pisando las huellas que él dejaba. Por intentar llevar algo parecido a una vida bohemia, robábamos botellas de vino del bar de su casa, pero nos parecía tan fuerte que lo teníamos que cortar con abundante jugo de naranja y cucharadas de azúcar. Aún así, tras dos vasos, nos creíamos ya borrachos experimentados. Nuestro vino disuelto nos parecía absenta. Y algo un poco más serio, más arriesgado: cuando nos subíamos al tejado de su casa a conversar y a leernos nuestros malos versos, el tema preferido de Daniel (entre carcajadas que no parecían anunciar que hablaba en serio) era el suicidio, o, más exactamente, las formas más ingeniosas y seguras para quitarnos la vida: tirarnos de un balcón del Palacio Nacional (muy previsible, todo el mundo lo hacía); acostarnos sobre los durmientes del ferrocarril (muy complicado, pasaban muy pocos y muy lentos trenes por Medellín); arrojarnos de un puente al fétido río Medellín (muy sucio); un disparo en la oreja (muy sangriento y escandaloso); tomándonos entero el botiquín de nuestros padres médicos (lo más accesible, limpio, cómodo y seguro).
Esas listas tétricas, que para mí eran solo un juego, para Daniel eran una especie de plan, una meditación. Yo debí sospecharlo, pero no me daba cuenta; para mí era tan solo un divertimento, un coqueteo ingenuo con la señora muerte.
II
Como suele pasar en la edad inocente, sobre todo si uno no se junta con lectores o poetas más experimentados y de más edad, dos muchachitos tímidos en una ciudad de ganaderos y comerciantes, se podían extraviar muy fácilmente por el camino del decadentismo fúnebre, de la oscuridad como profesión y de los poemas tristes como proclama de vida. Quizá por eso, en un principio, sobre nosotros ejercieron su influencia pésimos poetas, o al menos versificadores que confundían la profundidad con la decadencia y la muerte, y la buena literatura con tristeza y depresión. No el vitalismo de Whitman ni el humor de Voltaire, no la maestría técnica de Quevedo o de Lope, no la bonhomía de Cervantes, sino las flores negras de Julio Flórez, los muertos solos de Bécquer, los sepulcros de Foscolo, la niña enferma de Neruda, las largas sombras de Silva o el Garrick depresivo de Juan de Dios Peza.
Todo lo que yo hice o mal hice con palabras escritas en esos años lo destruí después de la muerte de mi amigo Daniel como un intento, creo que afortunado, de no seguir sus huellas, como hasta entonces había hecho. Comprendí lo peligroso que era coquetear en palabras con la muerte. Radicalmente y como quien huye de un incendio, después de su suicidio, dejé de escribir poesía, y rompí relaciones con un oficio que me parecía tremendamente peligroso. Por suerte no dejé de tener comercio con la lectura de poesía y vi que su territorio es muchísimo más vasto y mucho más interesante que el de la sola muerte.
Lo anterior no quiere decir que en los poetas suicidas, empezando por mi amigo Daniel, no haya mérito poético o vital. Llevar la obsesión por nuestra mortalidad (“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”, escribió Camus en la primera línea de El mito de Sísifo) hasta el acto extremo de levantar la mano contra nosotros mismos, es ser consecuentes con las palabras y las ideas más angustiosas y, quizá, más lógicas. “Cada forma de suicidio”, sostenía Marcial en uno de sus epigramas, “no es más que la forma exagerada o desviada de una virtud”. La virtud, por ejemplo, de llevar el pensamiento trágico hasta sus últimas consecuencias. Si la vida no tiene sentido, como parece, la suprimo en mí mismo y por mi propia mano. La alternativa por la que otros optamos, sin miedo a llegar a viejos, es darle sentido a la vida, aunque no lo tenga, y tampoco carece de mérito embarcarnos en esta empresa, precisamente, de Sísifo.
En todo caso, insisto, quizá los más consecuentes con el sinsentido de la vida sean los poetas suicidas. Su número es legión e incluso para alguien con mala memoria como yo es muy fácil hacer una lista más o menos larga: Safo, Séneca, Heinrich von Kleist, José Asunción Silva, Paul Celan, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Mario de Sá Carneiro, José María Arguedas, Maiakovski, Cesare Pavese, Sylvia Plath, María Mercedes Carranza… y muchos, muchísimos más. No todos los poetas se suicidan, por supuesto, pero, sea como sea, el club de los poetas suicidas es extenso y selecto. Tampoco basta con que un poeta se suicide para convertirlo en buen poeta. Su suicidio ayuda, eso sí, a convertirlo en leyenda.
III
Daniel Echavarría escribió cientos, quizá miles de poemas en unos pocos años. Sonámbulo como era, dormir (o mejor, no dormir) en su casa consistía siempre en oír un obsesivo traqueteo de fondo que venía desde su cuarto la noche entera: eran las teclas de su máquina de escribir mecánica que no cesaba de repiquetear hasta el amanecer. Como poseído por otro o por las muchas voces que llevaba dentro de sí mismo, como si delirara, no paraba de escribir un poema tras otro. Buenos, malos, absurdos, iluminados, grotescos, soeces, tiernos, místicos, políticos, patéticos, luminosos, alegres, tristes, trágicos, medidos, sin medida, desmesurados, breves, brevísimos, apenas un aforismo, largos como una encíclica papal, breves como un suspiro, todos y cada uno, en últimas, un grito de auxilio que nadie oyó. Amigos y familiares tenemos esa extraña capacidad de ser sordos a lo que no queremos oír, a lo que no queremos sufrir.
Daniel, que nunca llegó a ser mayor de edad (se quitó la vida pocos días antes de cumplir 18 años), tampoco llegó a ver publicados sus poemas mientras estuvo vivo. Ahora lleva medio siglo sin hablar y sus cientos de poemas sobreviven guardados devotamente por algunos de sus hermanos y amigos. Por iniciativa de su familia y de nuestra editorial, hemos pensado que no podemos recordar mejor a Daniel, ni hacerle un homenaje más merecido, que publicando una selección de sus poemas. Parte de estos poemas ya habían sido escogidos hace casi cuarenta años por mi padre con la intención de hacer un pequeño libro antológico que su familia (por el dolor que esto les causaba) nunca se decidió a editar. Al final de esta selección podrán leer también lo que escribió Héctor Abad Gómez sobre los poemas de ese adolescente amigo de su hijo. De algún modo ahora, al fin, cincuenta años después de su trágica muerte, creemos estar haciéndole a Daniel el acto de reconocimiento a lo que más fue, poeta, y de homenaje a su vida, a su breve vida. El reconocimiento y el homenaje que nunca le hicimos.
Por todo esto que no hicimos por ti, perdónanos, Daniel.
– Héctor Abad Faciolince








