La ofrenda musical

This monkey’s gone to heaven
Pixies
—No te llevés mi guitarra, peregrino —dice Cristóbal como si el ladrón fuera su amigo—. Es como si yo te quitara tu navaja.
El ladrón no puede evitar una sonrisa. Contempla la cara del músico, iluminada por el zumbido de un anuncio neón: barba rala, frente infinita, mirada de perro fiel, gesto tranquilo pese a la fetidez de la alcantarilla. Siente una especie de gozo que solo había experimentado de niño ante un monumento de San Agustín, en las fiestas patronales de su pueblo, de la mano sudorosa de su mamá. Es como si el músico no lo juzgara, como si le reconociera algún grado de legitimidad. El ladrón se ve tentado a renunciar al asalto, pero Cristóbal saca los documentos de su billetera y se la extiende con la misma naturalidad con la que pagaría cualquier transacción cotidiana. Ahí van cien mil, dice mientras guarda los documentos en el bolsillo de atrás. También le ofrece los zapatos de tela, casi nuevos y de buena marca. El ladrón se rehúsa con una gallardía que lo toma por sorpresa y lo enorgullece. Incluso, contrariando su naturaleza, hace ademán de devolver el dinero. Cristóbal insiste en dejárselo. El ladrón se despide y se deja llevar por el impulso de extender la mano. De inmediato se percata del disparate, y antes de poder retirarla, el músico se la atrapa, la aprieta con cordialidad y le regala una sonrisa. El ladrón se va despacio y mira a su alrededor a la espera de que en cualquier momento aparezcan las cámaras escondidas de ese programa de televisión que está de moda.
Cristóbal sigue sin mirar atrás. Ya encontrará la manera de volver a su casa. Lo más probable es que tome un taxi y le pida a su madre que lo pague. No es algo que lo inquiete. Tiene una labor más grande entre manos. Lleva meses acariciando la idea. Aunque nadie lo sabe, ha dejado pistas en conversaciones. Si alguien hubiera entretejido lo que decía, quizás habría olfateado su propósito.
Hace varias noches exhaló una bocanada de humo dulce y se dirigió a la amiga que a veces se quita las ansias con él: “Mónica, una canción es un genio en una botella. ¿Te das cuenta de que es eterna, como una ballena dormida, y que vuelve a habitar el tiempo cuando la despiertan? Y cuando despierta, la canción tiene el propósito de volvernos añicos. Si no lo hace, no es una canción. Los que escribimos canciones somos domadores de fieras. Pero hay que entender que no depende de nosotros o de ellas. Tampoco de los caprichos del destino. Es una interacción de los tres. Como en un acorde”.
–Ay, bajale a la bareta, Cristóbal –le respondió ella al pómulo anguloso que se le veía con la luz que entraba por un resquicio de la cortina. Sentía por él una mezcla desconcertante de respeto y compasión. Le daba vergüenza la posibilidad de que la gente se enterara de sus enredos. A veces se bajaba con él los humos de su mal matrimonio, aunque prefería a otros amantes porque el desempeño del músico era irregular. Cuando la atención de Cristóbal estaba en proyectos metafísicos, como hoy, hacía las cosas a la diabla, para salir rápido de la transacción y concentrarse en lo otro. Ella quedaba peor que antes: a medias, malgeniada y retrasada para atender al marido.
Otra noche, Cristóbal puso dos cervezas en la mesa y le gritó a un amigo para que las palabras atravesaran los alaridos de Black Francis que estallaban de los parlantes: “Pacho, el ser humano es un caso perdido. Nos amaestran desde niños. Ya a los 8 años nos tienen señalizado y pavimentado el camino que lleva a nosotros mismos. Mil veces no. Ese camino debería ser siempre una trocha brava. Crecemos con un aparato que siente por nosotros. Mientras más nos doman, más encriptado es ese aparato, más prejuicioso. Más difícil de desmontar. Hay un muro de prejuicios entre ese animal metafísico que es una canción y el oído que la recibe”.
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Alex Jiménez




