Escondido en un oriente donde amenazan las borrascas y la bruma se trepa hasta la punta de los pinos, San Antonio del Remolino reposa en medio de dos montañas erigidas sobre un terreno de rocas y batolitos en forma de témpanos de hielo. Un cauce estrecho y marrón atraviesa el valle pantanoso que se desbordó por aquellos días de mayo de 1978. La tormenta fue el apéndice de un chaparrón eterno y sin sentido que caería sobre los muros de bahareque y derrumbaría, una a una, las casas, los árboles y los gritos más profundos. De las montañas se desprendería la tierra llevada por el agua, cubriendo el pueblo y los tesoros que se habían acumulado por siglos como reliquias innombrables guardados debajo de las piedras; pues San Antonio ―llamado La Tierra Virgen― estaba repleto de oro proveniente de los ríos y que bajo el cuidado de los indios, que se negaban a ultrajar el lugar donde serían enterrados sus cuerpos, había permanecido intacto durante los tiempos del silencio, antes de que todo cambiara. El pueblo sabía guardar sus secretos y sin que nadie en el exterior se enterara, se inundaría solo y puro.
Ya lo había adivinado hacía muchos años el padre Francisco Javier Ocampo, declarado enfermo de melancolía, quien en medio de uno de sus muchos desvaríos gritaba como una plegaria: “¡Ya viene! ¡Ya viene! ¡Salgan todos! ¡Se acaba el aire! Aleja de nosotros este mal, santo Padre, que solo somos humanos, condenados por la culpa y llenos de remordimientos”. En una de sus cartas, Francisco Javier había escrito, antes de morir, que un dragón azul iba a tragarse el pueblo, pero sus palabras quedaron reducidas a no ser más que una predicción carente de sentido. El pueblo nunca le pidió perdón al cura que lo advirtió todo con tal claridad que lo creyeron demente, y la lluvia, suave y serena, se transformó en una tormenta sin fin. Ahora, San Antonio parece ser una nube que flota y se dilata entre montañas de neblina bajo miradas atónitas.
Desde su ventana, Blanca Inés sigue los rastros de una luna de granizo que se derrite desde hace meses. El agua todavía no toca las ramas de los árboles, pero sobrepasa los pétalos de los geranios que tiene en el jardín. Nos vamos a tener que ir, le dice a su marido, enmudecido frente a un mate en tres que no ha podido resolver. “Bernardo, ¡el agua no para!” El hombre le lanza una mirada indiferente y le dice que se calme, que solo es agua. Blanca Inés vuelve a mirar la lluvia pesada y siente cómo el aire se le queda en los pulmones, frío y denso, como si la tormenta la llevara ella por dentro.
Los deseos del pueblo, incompatibles con los de la naturaleza, fueron definidos desde los orígenes de San Antonio, que con veintinueve ríos bajando por sus montañas, tenía hendiduras profundas en la plaza, las calles y las esquinas más escondidas, propensas a las inundaciones. Muchos pescadores e indios que lavaban arena se perdieron en las aguas escurridizas llamados, según dicen algunos, por cantos de presencias insondables. La laguna, como se empezó a nombrar entre los murmullos de la gente, fue siempre un espejo oscuro, cuyo reflejo sería la sombra impetuosa de un pueblo condenado a desaparecer. Blanca Inés ya lo sabía, pues siempre sintió dentro de su ser a los espíritus que rondaban las ramblas y se escondían en la laguna, alegando ser los verdaderos dueños de San Antonio del Remolino. A veces, los oye con la misma claridad con la que percibe la voz grave de su esposo al otro lado de la casa, y Bernardo Gómez, de los Gómez finos y elegantes de la región, solo encuentra un calificativo para referirse a su esposa: loca.
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Jenny Valencia
Fotografías de Archivo familias Álvarez Sabogal y Aguirre López



