Fragmento: Las muertes

Fragmento: Las muertes
04/12/2023 Alexandra Pareja

El juego de la selva

 

Cada vez que un animal nuevo llegaba a la casa, la niña hacía todo lo necesario para no convertirse en su presa. Ese fin de semana llegaría una boa. Antes de irse, su padre le advirtió que estos reptiles prefieren cazar en la noche. Camuflándose entre la vegetación o enroscadas en la cintura de las ramas, esperan a que su objetivo pase cerca de ellas para tenderles una emboscada. Pero si había poco movimiento, dejaban su puesto y cazaban al primer mamífero que se toparan. La niña debía tener cuidado.

El sábado en la mañana, la niña sale a capturar ratones vivos para alimentar a la serpiente. Los ratones solían correr por las habitaciones de la casa en la noche; se trepaban por las cañerías y mordían las bolsas en la despensa de la cocina. Ella conoce sus debilidades. Vierte aceite, panela y azúcar en un recipiente de plástico grande y cóncavo. Lo pone en el área donde su madre había tratado de cultivar naranjos cuando estaba viva. Regresa al cabo de unas horas y encuentra que la trampa ha funcionado. El aroma dulce de la panela y el azúcar había atraído a dos roedores. Tan pronto como se zambulleron para probar la sustancia quedaron empapados de aceite. Intentaron trepar por donde cayeron, pero sus patas engrasadas resbalaron una y otra vez contra los bordes.

Los ratones tratan de huir cuando la niña los saca del recipiente. Se agitan violentamente y miran para todas las direcciones. Ella los mete dentro de una caja y los lleva hasta la batea de la ropa. Sosteniéndolos con firmeza del cuello para que no se escapen, los lava con agua y jabón, esforzándose por conseguir una textura suave y libre del aroma a panela y aceite. No quiere que la boa se pierda el sabor verdadero de los roedores. Cuando termina de limpiarlos, los encierra en una jaula para gallinas.

La niña ya puede examinar con calma a su presa. Se percata de algo que hasta entonces no conocía: son negros los ojos de estos animales. En el centro de la espesa oscuridad fulgura un diminuto punto blanco. A la niña le dan ganas de ir a la casa y traer un alfiler para clavárselo justo ahí, en la pupila. «Pero no se me asusten —dice en voz alta—. Nunca les metería el alfiler hasta el fondo. Simplemente rasgaría lo suficiente como para que la luz pueda entrar y se les derrame adentro». 

Quisiera decirles más cosas y oírlos a su vez murmurar entre ellos, pero tiene que irse. Como ha reservado el día para hacer las tareas domésticas, no puede darse el lujo de perder tiempo. Le falta mucho por hacer ya que no tiene ayuda: gracias al resultado del juego de la selva se ha quedado sola. Hasta el día siguiente sería la soberana de esas cinco fanegadas de tierra, la autoridad máxima con monopolio sobre la vida y la muerte. Tiene que estar a la altura de su cargo.

Deja a los ratones en el gallinero, se pone las botas y comienza a trabajar.

Ahora es casi de noche. La niña regresa al gallinero. Los ratones se alborotan en cuanto la ven llegar. Ella les dice algunas palabras, modulando la voz a un registro más cálido para que se tranquilicen. Como eso no los calma, saca al animal más grande de un manotazo y le aprieta el cuello. Cuando percibe que el ratón está paralizado de miedo, cambia de actitud y lo acaricia pasando la punta de los dedos a lo largo de las vértebras. Desearía tener el pelaje tan brillante como él. La piel de ella es diferente. Se siente seca y escamosa. Sobre ella no rebota la luz, como sobre las hojas, sino que su piel se la traga y la ensucia, como el tronco de un árbol enfermo de hongos. Ninguna de las niñas de su colegio se ve de ese modo. Aunque tiene catorce años, le preocupa quedarse así por el resto de la vida. 

Pero ella sabe que esas ideas sobre la belleza no son útiles en el mundo real. ¿De qué le sirve al ratón tener los pelos tan brillantes si pronto se le va a desgarrar el pellejo en el sistema digestivo de una criatura más fuerte? 

Se dirige al depósito cargando al ratón. Al acercarse, camina con cuidado para no hacer ruido. Abre la puerta, bota al ratón y la cierra de inmediato para que nada se escape. Luego corre hasta la ventana. Entre las lenguas de polvo alcanza a ver una repisa de aluminio, cajas sin etiquetas, palas y azadones con el mango roto, bolsas de tierra y algunas botellas de cerveza vacías. Al fondo, en la parte más oscura, reposa una figura larga, que no se inmuta al recibir su primera comida del día. Está tendida sinuosamente entre los objetos. La niña no sabe si está dormida o despierta, pero eso no la engaña. Sabe que muchas boas —una de las familias constrictoras de los ofidios, el suborden de saurópsidos favorito de ella— fingen estar completamente paralizadas antes de lanzar un ataque devastador. 

El ratón recorre el depósito buscando una salida, pero no la encuentra. De repente la boa despierta y lo agarra. La niña se queda hasta el final. Para ella es un placer ser testigo del proceso de ingestión de otra criatura: confirma el fervor que le despierta su propia hambre. Se va de allí sintiéndose llena de vida.

Ya ha terminado las labores de la jornada. Entra a la casa y se encierra en su habitación. Abre las compuertas de una repisa de madera pintada de blanco, con grabados en los bordes y manijas doradas. Es más lujosa que el resto de los objetos de la pieza. En el interior hay una colección de discos sin etiqueta en sobres transparentes. Están organizados según un orden que ella se inventó. Hay tantos que se apilan unos encima de otros. Parece que en cualquier momento la estructura podría venirse para abajo. 

La niña no entiende por qué la gente habla de su madre como si hubiera hecho música. La música que ponen en la radio nunca suena como lo que creaba su madre. Ella viajaba por el mundo grabando sonidos del mundo natural y luego producía largas pistas en las que no se oía nada que fuera creado por un humano. Los discos en el cuarto de la niña son las grabaciones crudas y sin editar con las que su madre regresaba de sus viajes. En cada uno está almacenado el sonido que emite un animal. La grabación no ofrece ningún preámbulo ni tampoco explica qué está sucediendo. La única traza es una inscripción hecha por su madre con marcador rojo. Indica el nombre del animal, su denominación científica y el lugar donde se grabó la pista. 

Gracias a ellos, la niña ha aprendido a reconocer las entonaciones, los cambios, las llamadas, los gritos y los patrones de los sonidos animales. Para distraerse mientras hace las tareas de la casa, repasa la lista de palabras que ha grabado en el estante más valioso de su mente: los cisnes voznan, los canarios gorjean, los elefantes barritan, los leopardos himpan, las cigüeñas crotoran y los cuervos crascitan. Dado que las grabaciones abarcan todo el abanico de la naturaleza, con frecuencia se encuentra con animales cuyas voces carecen de nombre en la lengua humana. ¿Cómo se les dice, por ejemplo, a las vocalizaciones de los peces? La niña suele inventarse palabras para nombrar estos ruidos mudos: los tiburones atilan, los bagres requisten, las marmotas palen, las dantas esofan. Anota todas las palabras en un cuaderno para que no se le olviden.

 Escuchar los discos implica un estricto ritual que debe respetarse. Hay que cerrar las cortinas y las ventanas, apagar las luces, sentarse en el suelo, quitarse la ropa y poner el sonido a todo volumen. De lo contrario, su padre entra en el cuarto, desconecta el reproductor y le prohíbe escucharlos por el resto de la semana. La niña detesta este castigo porque no hay nada más para hacer en su cuarto además de jugar con los sonidos. Para ella, son más intensos y reales que cualquier objeto que hay en la casa. Se parecen más a estados de ánimo, membranas vastas pero delicadas que cubren su mente en ciertos momentos. Cada vez que el empleado de la cigarrería le pide, al mirarla, que dé una vuelta para él, ella siente que por la calle entran los chillidos agudos de un orangután. Y cuando las nubes se tragan el cielo y llueve todo el día, algo en ella resuena como el relincho intermitente de una cebra. 

Hoy es un día especial. La niña quiere celebrar que ganó la última partida del juego de la selva. Por eso decide que va a reproducir una de sus grabaciones favoritas, el disco de los pingüinos emperadores. La grabación se divide en dos partes. En la primera, se oyen las llamadas que usan los pingüinos para localizarse. La segunda, la que más emociona a la niña, contiene los sonidos que hacen las crías de pingüinos cuando llaman a su madre.

Su padre le enseñó a jugar el juego de la selva el año pasado. La niña supuso que a su papá se le había olvidado su cumpleaños número trece, pero pocos días después recibió la orden de presentarse después del almuerzo en el altillo. Él se había trasladado a ese rincón de la casa tras la muerte de su mujer. A pesar de que hacía un calor opresivo, casi nunca salía de allí. Sin nadie que le echara una mano, la niña a duras penas se las arreglaba para encargarse del cuidado de la casa. El resto de la propiedad estaba desatendido; todos los animales habían muerto y la vegetación se multiplicaba sin orden. 

Ese día la niña subió las escaleras al altillo emocionada. Era la primera vez que su padre la dejaba subir a su cuarto nuevo. Al frente del colchón, reflejando haces de luz como una naranja sentada en medio de su cáscara, había un cofre de terciopelo rojo que ella nunca había visto. Su padre sacó una cadena de oro y le indicó que se acercara. Tenía un dije dorado con pequeñas esmeraldas que formaban la silueta de una libélula. Ahora que ella ya era una niña grande y tenía que aprender a valerse por sí misma, le explicó él, jugarían un juego que su mamá había inventado cuando estaba viva. Una vez al mes, a primera hora del sábado, los dos se encontrarían en el descampado ante el corral. Él llevaría un dado verde y un vaso de cuero. Cada uno debía lanzar el dado. Quien adivinara primero tres veces seguidas el resultado del lanzamiento del otro sería el ganador. La niña no entendió la cara que había puesto su padre mientras decía todo esto.

—¿Qué gana el ganador? —preguntó ella.

—El derecho a ponerse la cadena hasta el domingo por la noche.

—¿Nada más?

—El que tenga la cadena es el rey de la selva. Eso significa que tiene el derecho a hacer lo que quiera. El otro estará bajo su poder. Tendrá que cumplir cualquier cosa que le ordene el rey de la selva. No importa lo que le pidan ni tampoco las circunstancias. Usted debe hacerme caso si yo gano y yo debo hacerle caso si gana.

 La niña ganó la primera partida que jugaron. Reticente, sin saber cómo tomaría su padre sus órdenes, prefirió exigirle cosas fáciles de cumplir, de modo que le pidió que repitiera esos pequeños juegos o chistes internos que ocurrían en la cotidianidad de la casa cuando la madre estaba presente: caminar en un pie hasta que fuera la hora de almuerzo, y hablar sin pronunciar la i y sustituyendo las aes por úes. Antes de acostarse, le ordenó que fuera hasta la fonda más cercana para traerle un bocadillo y dos conos de fresa y vainilla que ella se comió viendo una película hasta tarde. 

El mes siguiente la niña perdió y conoció el verdadero potencial del juego.

La primera medida que tomó su padre fue ponerle una soga alrededor del cuello y atarla en el poste donde también estaba Ruth, la última cabra que quedaba viva. Las indicaciones de él fueron claras: debía comportarse como ella. No podía hablar, no podía tener ropa puesta ni pararse en dos patas. Tenía prohibido hacer cualquier cosa que haría un ser humano. Si le era necesario emitir algún sonido, tenía que reproducir de la manera más fiel posible el balido de Ruth. En caso de toparse con otros animales, debía tratarlos como si fueran sus semejantes. No tenía derecho a ofrecerles ternura o compasión. Pero tampoco crueldad. Su padre dio comienzo al juego poniéndole la cadena de oro. Ella, desde ese momento y hasta las cinco de la tarde, quedó convertida en una cabra, y actuar de otra manera sería romper las reglas del juego. Para supervisar que la niña mantuviera la promesa, su padre sacó una silla, la instaló afuera del corral y se quedó mirándola. 

La niña se agachó. Apoyada en cuatro puntos, sentía el suelo el doble de vivo, como un cerebro que le mandaba corrientazos. Feliz por su descubrimiento, caminó sobre la tierra y las piedras hasta que se le descascaró la piel de las manos. Al moverse levantaba una nube de polvo que le mordía los ojos y la hacía toser. Tras dos horas se le había paralizado el cuello de tanto echar la cabeza hacia atrás para mirar al frente. La expresión de su padre no cambió cuando la vio orinarse encima. Ni siquiera se movió al verla mascar de un parche de hierba a pocos metros del lugar donde Ruth defecaba.

El juego terminaba a las cinco, pero a las tres la niña sintió que no podría seguir. Se recostó en una esquina del corral y no recuerda qué ocurrió después. Su padre dijo que se desmayó. Entonces él se levantó de la silla y la cargó hasta su cuarto. La bañó, le dio sorbos de agua y una tostada con mantequilla, y la acostó en la cama. Por primera vez le dijo que estaba orgulloso de ella. 

Desde entonces, la niña vivía su vida como una preparación para la siguiente partida del juego de la selva. Ella elaboraba meticulosos planes por si resultaba ganadora. Del mismo modo, se preparaba para las órdenes que le daría su padre. Los sonidos de los animales en los discos cobraron más importancia. Antes los escuchaba con respeto, casi con una reverencia sagrada, pero ahora tenía que estudiarlos de otro modo, atenta al material y sus variaciones, fijándose en el tono, el timbre y la duración. Con un interés pragmático se fijaba en los cambios de ritmo y las intensidades de los gritos. Se decía que tenía que imitarlos a la perfección si quería ser un animal convincente. 

 

 

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Santiago Ospina Celis