Fragmento: La belleza en la infancia & Alumbramiento

Fragmento: La belleza en la infancia & Alumbramiento
29/05/2024 Alexandra Pareja

Nota de contraportada

Si la belleza se percibe con los sentidos, si es vista, oído, olfato, gusto y tacto; si nada en ella puede ser reducido a un discurso, puesto que su medida es el placer; si no reside en el intelecto, pero estremece al cuerpo; si su condición primera es la presencia real de lo gracioso, lo apetecible: su aparición, su irrupción incluso; si solo es posible esperar y contemplar la belleza, no definirla ni poseerla; si su recuerdo conduce, irremediablemente, a la melancolía, que no es sino la sombra de lo bello, entonces la infancia es su territorio más auténtico.

 


Fragmento

Desde hace algunos años me visita un sueño feliz. Sostengo a un recién nacido dormido entre los brazos. Y advierto su peso exacto, la temperatura de su cuerpo. Al despertarme, esa sensación nítida y perfecta se desvanece. La intento recuperar y fracaso. Rescato mis recuerdos, recorro imágenes, pero no percibo esa presencia. Espero entonces reencontrarme con ella en otro sueño real, cuerpo de la memoria, tan prometedora como inaccesible.

En Esencia y hermosura, María Zambrano escribe que «lo que es real en el soñar no son las historias y figuraciones, sino el movimiento íntimo del sujeto bajo la atemporalidad»: el tiempo suspendido que transforma y revela verdades, que atesora lo pasado y lo por venir. Los niños habitan un presente continuo en el que la dicha y la desgracia son manifestaciones de la esencia vital, no reacciones a un acontecimiento cualquiera. A su lado, las horas transcurren al ritmo del interior del cuerpo. Si el corazón, que es el único reloj, late más rápido, el tiempo se acelera. Mientras duermen su transcurrir se detiene. Habitan en la atemporalidad del sueño, pero a la vez son puro fluir: los niños crecen. Crecen sin darse cuenta, sin que nos demos cuenta. Un día despertamos y han desaparecido.

 

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Elisa Martín Ortega