Fragmento: En la piel

Los cuerpos

Los cuerpos sienten sed, tienen hambre el uno del otro. Las palabras no los satisfacen. No cabe en ellas la fiebre que los habita; no contienen las tribulaciones a las que los somete la sensación de haberse perdido irremediablemente. No pueden desatar los nudos que tienen en el vientre. Se van a buscar en besos, en caricias, para los que Marlon y Leidi van a tener que inventar lugares y tiempos. Él no tiene un dónde. Tiene una cama, una maleta y dos rollos de paño de billar en la casa de una lejana prima que, además, vive lejos. Cuando puede, alquila un cuarto en un hotel de mala muerte. A veces una vuelta le resulta y le alcanza para un par de meses. Si no, solo tiene el pan de cada día y no para de preguntarse por qué solo uno. También tiene algunos desvares, como los llama, en casa de amigos y de amigos de amigos. En ninguno de esos lugares le cabe Leidi. A ella no le cabe él en los moteles donde trabaja. Tampoco le cabe en el inquilinato, al menos por ahora, es muy pronto para presentárselo a Ana. Hacen amores a medias, amores a pedazos: en un cajero automático, en el rincón oscuro de una iglesia, en el baño de una discoteca, en la peligrosa noche de un parque. La intimidad se posterga. El placer mutuo se aplaza. Los desencuentros se suman y no hacen más que acrecentar la sed, dar más y más hambre. Cada uno con sus palabras se dice que ya llegará el momento; que pronto tendrán un dónde y un cuándo para amarse como sueñan.

 

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Nicolás Buenaventura