Estaba todavía oscuro cuando me despertaron unos murmullos al otro lado de la puerta entreabierta de mi cuarto. Dormía boca abajo, y así abrí los ojos desde el sueño. Me incorporé y me apoyé sobre los codos para escuchar, para acabar de despertar. Había varias personas dentro de la casa. Se colaba un poquito de la luz del bombillo del corredor por la rendija de la puerta. Me quedé unos segundos mirando las sábanas y tratando de entender. Oyendo esas voces tan raras en la casa a esas horas. Entonces, entre los murmullos que no identificaba ni entendía, oí un gemido. Era la voz desgarrada de Carola.
—Ay no. ¡No no no no no! No puede ser —se lamentaba al otro lado de la puerta de mi cuarto.
En un segundo salté de la cama y me asomé. Entre el corredor y el cuarto de mis papás había vecinos y vecinas en piyama; estaban mis tías, las hermanas solteras de mi padre, que vivían a dos calles, todas en levantadora. Algunas de esas personas rezaban en voz baja, otras comentaban algo, y casi todas se callaron cuando me vieron restregándome los ojos en la puerta de mi cuarto. En la semioscuridad, al fin pude ver en el corredor a Carola, que seguía con sus lamentos y se llevaba las dos manos a la cabeza. Miré hacia donde se dirigían todas las miradas, que era el cuarto de mis papás. El doctor Abad, el médico de la familia, se estaba acomodando en la nuca los auriculares del estetoscopio al lado de mi madre y decía que no con la cabeza. Todo lo que pasó después con mi vida lleva el peso de ese instante. El momento en que vi al médico señalar con un gesto que mi madre estaba muerta. La habitación en penumbra, apenas iluminada por la lamparita en la mesa de noche del lado de papá. Oraciones de las vecinas por lo bajo. Por instantes, el pesado silencio del desconsuelo y la perplejidad ante la contundencia de la muerte. El cuerpo de esa mujer, la persona más importante de mi vida, boca arriba muy pálida, con los ojos cerrados hacia la nada. Una vecina me abraza. No entiendo nada. No sé qué está pasando. Lo que está pasando es esto: la vida me está empujando brutalmente, pero yo todavía no lo sé.
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Camilo Jiménez Estrada
Desmadre



