Memoria fragmentada
¡Arriba, arriba, arriba! Si no llego a tiempo, me toca esperar otros tres meses para lo mismo. ¿Sí valdrá la pena ir? Para que salgan otra vez con «Su caso está en revisión, no podemos hacer nada». Nunca se puede hacer nada cuando uno no tiene la plata suficiente. Pero tengo que ir. Apago el despertador. El gallo no canta, está temprano. Me lavo solamente la cara… ni loca me voy a bañar con agua helada a estas horas. O bueno, mejor sí, que vean que me preocupo por mi apariencia. Abro la llave, respiro, mido la temperatura con el pulgar, salto hacia atrás. Vuelvo a intentarlo: inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. A la cuenta de tres, aguanto la respiración y entro en el chorro sin pensarlo. ¡Tres! Tiemblo y no respiro porque entra más frío si lo hago. Una sobadita aquí, otra allá, evitando la espalda, ¡evito la espalda! Listo, ya es mucho frío, ya está, cierro la llave, corro por la toalla. Esa camisa está bien, es la más nueva que tengo. Las botas no, no me van a tomar en serio con esa ropa campesina. ¿O se me está olvidando la burla que me hicieron con lo del terreno?
Es que siempre pasa lo mismo, sin importar cuál sea el reclamo. Se me va perdiendo la memoria en medio de tanto sufrimiento en silencio. Pasa que se fragmenta la mente. Casi no tengo recuerdos felices de mi infancia, salvo uno, sí… las ordeñadas de madrugada con mi mamá. Tenía cinco años la primera vez que toqué una ubre. Me hizo gracia, una gelatina que se deslizaba entre mis dedos. «Pacito, pacito, que ella también siente». Y así, empecé a ordeñar como si, más bien, estuviera consintiendo a las vacas. Me relajaba. Ahí, en el campo, con el olor a boñiga en la nariz y el ritmo de la leche pegando en el balde entre mis piernas, la vida parecía menos trágica. Era el único momento del día en el que estábamos mi mamá y yo, sin tener que servirle a nadie. Luego de eso, tocaba volver a la casa y era cuando, de verdad, empezaba el día: ir a buscar la leña para el horno, prender el fuego, hacer comida para diez, limpiar, ir al mercado a vender la leche, volver a la casa, lavar la ropa, esperar a que volvieran los hombres cansadísimos de tanto trabajar, prepararles de comer, arreglar las botas para el día siguiente. Todo lo que hacíamos era en función de los demás. Y, aun así, fue culpa mía.
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Valentina Upegui




