Fragmento: Cartago

Fragmento: Cartago
22/07/2022 Alexandra Pareja

1

 

Arturo Uscátegui, mi director de tesis de grado, me citó en su despacho de la Facultad de Derecho un jueves en la mañana. Llovía. Era la primera reunión del semestre: su propósito, además de conocernos personalmente, era acordar un calendario para las entregas parciales del documento. Había oído hablar de él a lo largo de la carrera, de su prestigio como docente de Derecho Romano y de la firmeza de sus ideas de izquierda, controvertidas incluso para cierto sector académico de la Universidad Nacional, pero nunca estuve en ninguna de sus clases. Solo hasta ese último año, que por requisito formal debíamos repartir entre las prácticas profesionales y las asesorías para el trabajo final, tuve ocasión de cruzarme con él. Para la fecha en que me citó, segunda semana de agosto, yo ya ocupaba mi plaza de practicante en el edificio Hernando Morales Molina, sede de los juzgados de Bogotá, concretamente en el despacho del juez Roberto Torres Espejo, titular del Juzgado 51 Penal del Circuito, y de a poco empezaba a darle forma al tema central de mi tesis: la modernización del aparato judicial en Colombia. En esas estaba, entre montañas de expedientes represados y la redacción de oficios que no iban a ninguna parte o que tardaban meses en ser atendidos, cuando Uscátegui me escribió un correo y sugirió ese primer encuentro.

Su despacho era en realidad un cubículo modesto, desordenado y con numerosas manchas de humedad diseminadas por el techo. Estaba ubicado en el primer piso del edificio de la facultad, en el ala derecha, y al final de uno de esos pasillos interminables y mal iluminados en los que daba la sensación de que siempre eran las cinco y media de la tarde. La puerta estaba abierta. Uscátegui se puso de pie al verme llegar, me saludó con un gesto serio y cordial a la vez, y me pidió que me sentara en la única silla libre de la estancia, justo frente a la que él ocupaba del otro lado de un escritorio de madera oscura, viejo y abarrotado de documentos; apenas se distinguía un pequeño Toshiba de tapa negra en el que daba la impresión de redactar algo. Era bajo y robusto; llevaba un jean azul petróleo, grueso y ancho, y un saco de cuello alto, visiblemente gastado y al que le había subido las mangas a la altura de los antebrazos.

—Bueno, por fin nos conocemos —dijo al cabo de unos segundos, más por romper el hielo que por otra cosa. Tenía una voz gruesa, honda, como si saliera de una caverna antigua. Sus ojos verdes me escrutaban con curiosidad.

—Sí, es raro que no hayamos coincidido antes —dije por salir del paso. Enseguida, por sugerencia de Uscátegui, dejé mi paraguas junto a la entrada, en un paragüero de metal opaco, y regresé a mi sitio. Me pasé una mano por el pelo, húmedo pese a todo. Uscátegui, que debía de tener cincuenta y tantos años, seguía con atención cada uno de mis movimientos. «Esta ciudad tuvo que haberse fundado un día de lluvia», se quejó.

En el aire se palpaba un olor a tabaco, duro, macizo, como si aquel fuera el cuarto de un fumador obcecado que lleva mucho tiempo sin abrir las ventanas. Un cenicero de cristal lleno de colillas y ceniza, en una de las esquinas del escritorio, me lo confirmó.

—La suya será la última tesis que dirija, al menos durante un tiempo —agregó. Era un hombre de ademanes pausados, lento, que parecía meditar profundamente cada gesto, cada frase, uno de esos sujetos que vagan por los pasillos de las facultades de la Nacional envueltos en un aura de lejana sabiduría—. El próximo año pienso dedicarme a leer, a escribir artículos, a reencontrarme con viejos amigos.

Sonrió ligeramente, con cierta vergüenza, como si de pronto cayera en cuenta de que esa última frase era irrelevante. Luego eligió uno de los muchos documentos que tenía encima del escritorio y lo leyó o fingió leerlo en silencio. Me hizo unas cuantas preguntas sobre la carrera, las asignaturas, los docentes de la facultad que me habían dado clase en esos cuatro años. Su mirada era cada vez más incisiva, rotunda; no era una mirada violenta, pero sí transmitía una sutil urgencia, como si al mirarme, en vez de atender mis respuestas, buscara otra cosa. Yo apartaba la vista cada vez que podía. Me liberaba de esa tensión echando un vistazo al cuadro de Gaitán —la icónica imagen en blanco y negro con el puño en alto, el traje de camisa y chaleco y corbata, la arenga enardecida ante la masa— que había en la pared del fondo, justo detrás de Uscátegui, o viendo cómo, a través de la ventana, la lluvia difuminaba el césped que rodeaba la facultad y, más allá, el edificio de Medicina. De ahí pasamos a hablar de la propuesta de tesis que yo había presentado a inicios del semestre y, claro, de mis primeras semanas como practicante en los juzgados de Bogotá. Calendario en mano, acordamos que le enviaría una versión del trabajo cada dos meses. Uscátegui viajaba con frecuencia, especialmente a Caracas y a La Habana, y se comprometió a avisarme con antelación las fechas de las próximas asesorías.

Hubo una corta pausa. Las gotas de lluvia seguían chocando contra la ventana del cubículo. Uscátegui se echó hacia atrás en su silla. Ya con las fechas definidas, creí que había llegado el momento de irme de allí. Estaba a punto de ponerme de pie cuando me crucé con su mirada, más penetrante que las otras veces, y supe que aún no era el final. Se llevó una mano al mentón y se acarició la barba, espesa y entrecana.

—¿Usted es el hijo de Luis Arenales? —soltó de pronto.

Sostuve la mirada un par de segundos, en silencio. Pero luego, sin poder evitarlo, bajé la vista; me di cuenta de que llevaba los zapatos mojados. Uscátegui, sin embargo, interpretó ese gesto como una licencia para continuar.

—Usted es el hijo de Luis y Norma, ¿verdad?

No dije nada; tampoco lo miré.

—Yo conocí a su papá —agregó con una voz decididamente gruesa, porosa, como si quisiera remarcar cada palabra—. Bueno, los conocí a ambos, pero tuve más trato con su papá. Fuimos profesores en la Universidad Libre. —Hizo una breve pausa, tomó aire, continuó—: Lucho fue un gran amigo mío.

Lo miré de nuevo: ahora sus ojos irradiaban cierta claridad, un destello ligero, como si contemplaran, por fin, la ruta de salida de un bosque espeso.

—Bueno, discúlpeme —añadió enseguida—, a lo mejor no quiere hablar de eso…

—No, no. No hay problema —dije, y apoyé los codos en el escritorio y entrelacé las manos, un alumno aplicado a punto de recibir su lección—. ¿Cómo supo que era yo?

Uscátegui se dio cuenta de que ahora sí había captado mi atención.

—Al principio, cuando me hablaron de usted y de su proyecto de tesis, pensé que era un alumno más con ese apellido: Arenales. Pero tan pronto lo vi entrar por esa puerta, supe que era el hijo de Lucho. Y además todo encajó: la carrera de Derecho, la Nacional, la forma de mover las manos, la voz… ¡Usted es idéntico a él!

—¿Cuándo lo conoció? —pregunté.

Uscátegui se levantó, caminó hasta una de las esquinas del cuarto, donde había un perchero con una chaqueta ovejera color marrón, y de uno de sus bolsillos sacó una caja de cigarrillos y un encendedor. Cogió uno al azar y lo prendió. Luego regresó al escritorio y, antes de dejarse caer de nuevo en su silla, bajó la tapa negra del Toshiba. Ahora no había nada que se interpusiera entre los dos.

—Fue a finales del 85 —empezó—. Nos habíamos cruzado en varias reuniones de docentes en la Facultad de Derecho, pero me fijé en Lucho solo cuando se integró a los actos de la Unión Patriótica. Un día llegó al sitio de reunión, ahí mismo, en la Libre. Llevaba el pelo engominado, un maletín de cuero bajo el brazo y un saco de gamuza que le daba un aire demasiado formal, o mejor dicho, demasiado formal si lo comparábamos con los demás compañeros. La verdad, no parecía de allí. Tenía pinta de funcionario, y no faltó el que dijo que era un agente encubierto del F-2. Pero qué va: tan pronto tomó la palabra, supimos que estaba de nuestro lado. Era directo, incisivo, de ideas claras. Tenía, además, una oratoria impecable. Su papá, que siempre rechazó la lucha armada incluso desde el punto de vista teórico, fue uno de los tantos intelectuales y activistas de izquierda que en esa época se sumaron a nuestra causa, uno de los tantos que mostraron simpatía por nuestras ideas y se afiliaron al partido, que entonces estaba recién fundado y poco a poco empezaba a ganar fuerza entre la gente. Era una época en la que uno tenía dos opciones: o se iba al monte con el fusil al hombro o seguía votando por la oligarquía liberal-conservadora de toda la vida. No había medias tintas. Hasta que apareció la UP, claro, y se convirtió en una vía intermedia que llamó la atención de muchos, incluido su papá. Esos primeros años de militancia fueron los mejores. Había mucha ilusión, mucha expectativa por llegar lejos.

Uscátegui hizo una pausa. Con el cigarrillo entre los dedos, movió ligeramente la mano en el aire, como si trazara un círculo invisible. Luego continuó:

—A su papá no le gustaba el protagonismo. Siempre prefirió estar en un segundo plano, aun con su lucidez y su gran sentido crítico. Iba a las reuniones del grupo de la Libre, aportaba sus ideas y luego regresaba a las clases de Derecho Constitucional como si nada. Nunca quiso ocupar un cargo en el partido ni ser candidato en ninguna lista a pesar de que muchos, yo incluido, se lo pedíamos todo el tiempo. Luis Arenales solo aspiraba a ser Luis Arenales. Para él, la militancia era una cuestión moral. Su criterio siempre fue bien valorado. Le decían «el profe Arenales», aunque escasamente había cumplido los treinta y era mucho más joven que una buena parte de los compañeros que en esa época militaban en el partido. Siempre tenía una idea fresca, un apunte preciso. Si él hubiera querido, habría llegado tan lejos como otros compañeros de esa generación, por ejemplo Leonardo Posada o José Antequera… En fin, el caso es que Lucho y yo nos hicimos buenos amigos en esa época, en la que, por cierto, él conoció a Norma. Si no recuerdo mal, ella era delegada estudiantil, ¿no?

—Sí —aprobé—. Mi mamá estaba en el último año de Derecho cuando lo conoció.

—Era muy visible. Todo el mundo sabía quién era Norma Leal.

Uscátegui soltó una bocanada de humo. Un cacho alargado de ceniza se desprendió del cigarrillo y cayó al suelo sin que se diera cuenta. Ahora miraba hacia la ventana, fijamente, aunque en realidad no reparaba en nada: estaba lejos de allí, en otro sitio.

—Cuando mataron a Pardo Leal, en el 87, yo tuve que salir corriendo del país. Mi nombre apareció en una de las listas negras que circulaban por ahí. Al principio todos pensamos que era un chiste de mal gusto, nadie se imaginaba que esa gente iba en serio ni que su plan era acabar con el movimiento. Pero entonces empezaron a caer varios de los nuestros, uno tras otro, uno tras otro. Era raro el día en que no nos levantábamos con la noticia de que habían matado a alguien. Y entonces vino lo de Pardo Leal: fue un mensaje rotundo para todos. Cogí mis pocas cosas y me subí al primer avión que pude. Primero me fui para Nicaragua, con los sandinistas. Luego estuve una temporada en México. Y al final acabé asilado en España. Desde allí, tan pronto me estabilicé, volví a retomar el contacto con Lucho, de quien, por cierto, ni siquiera me había despedido. Cada dos o tres meses, le escribía una carta contándole del grupo de exiliados chilenos, argentinos y uruguayos que me había acogido en Madrid, de los planes de nuestro movimiento en el extranjero, de lo difícil que era llevar una vida con un nombre que no era el mío y de las precauciones que debía tomar hasta para ir a la tienda a comprar un cartón de leche. —Carraspeó, volvió a tomar aire, continuó—: Pero, sobre todo, le hablaba de la culpa que me quemaba el corazón todos los días, nada más levantarme, esa culpa por no haberme quedado acá en Colombia poniendo el pecho, como tantos otros compañeros. Él insistía en que tuviera paciencia. Me recordaba que estar lejos también era un acto de valentía y resistencia, una prueba para la que no todo el mundo estaba hecho. Gracias a sus cartas estuve al tanto de todo lo relacionado con el partido, incluidos los muertos que seguían cayendo. También me contaba detalles de la entrega de armas del M-19, del triunfo de la Séptima Papeleta, de la esperanza que se abrió con la Constituyente. Y también por esa época, en enero del 90, poco antes de que mataran a Bernardo Jaramillo, me contó que usted había nacido y que se habían comprado el apartamento en Quinta Paredes. Para él, su llegada fue la mejor noticia en medio de tanta desgracia. Y creo que eso, ser papá por primera vez, le sirvió para sobrellevar lo que estaba pasando en el país en ese momento.

Las palabras de Uscátegui salían pesadas, como las gotas de lluvia contra la ventana del cubículo. Sin levantarse de su silla, encendió otro cigarrillo.

—¿Fuma? —preguntó de pronto, ofreciéndome el paquete de Pielroja.

Negué con la cabeza.

—Su papá tampoco —agregó sonriendo—. Acaba de hacer usted el mismo gesto que él hacía cuando alguien le ofrecía un cigarrillo. Odiaba el tabaco.

Uscátegui volvió a mirar por la ventana.

—La verdad, su muerte es un golpe del que todavía no me repongo. Me acuerdo que la noticia me la dio Iván Forero, un compañero de la UP que años después también acabó exiliado en Madrid. Me llamó en la madrugada y me lo contó. Durante muchos años seguí oyendo esa voz: «Mataron a Lucho Arenales». Semanas más tarde, el propio Iván me mandó un recorte del periódico Voz, de octubre del 91, en el que aparecía una reseña y una foto en blanco y negro de la escena del crimen. Lo guardé durante varios años, pero en una de tantas mudanzas se me perdió junto con sus cartas. Cuando volví a Colombia, en noviembre del 2002, ni siquiera sabía dónde estaba enterrado. Algunos compañeros no se acordaban de él o no querían acordarse, otros simplemente le habían perdido la pista. Intenté hablar con Norma dos o tres veces en esos años, pero cuando por fin la localicé no me quiso ver ni me devolvió las llamadas. Dejé de insistir: para mí, ese silencio fue un mensaje claro. Entonces volví a dar clases y me metí de lleno en la universidad y yo también, a mi pesar, me olvidé de Lucho.

Otro cacho de ceniza cayó al suelo.

La pausa que siguió fue más larga. El cuarto se había llenado de un humo plomizo, apretado, que empezaba a desdibujar el contorno de las cosas. Afuera seguía lloviendo a cántaros. De pronto, sin saber por qué, me sentí extrañamente incómodo. Uscátegui permaneció sentado, el cigarrillo entre los dedos, la mirada perdida en las manchas de humedad del techo. Comprendí que era el final.

—Tengo que irme —dije, y me puse de pie y le extendí la mano.

Se inclinó ligeramente hacia delante. Con la mano izquierda retorció el cigarrillo en el cenicero que había sobre el escritorio; la otra, la derecha, me la ofreció a manera de despedida: una mano rugosa, seca, que agitó la mía durante un par de segundos que me parecieron eternos. Mientras duró el apretón, clavó sus ojos verdes en los míos y creo que le faltó poco para añadir cualquier cosa, una frase, un dato, algo que seguramente habría olvidado mencionar o que se habría guardado para el último momento. No quise quedarme a averiguarlo. Le di la espalda, cogí el paraguas y salí.

Recorrí el pasillo en sentido contrario hasta la entrada de la facultad. Unos cuantos estudiantes esperaban, amontonados, a que la lluvia parara. Me abrí paso entre ellos y, con el paraguas cerrado bajo el brazo, me eché a andar hacia la Plaza del Che, sintiendo las gotas pesadas y cortantes sobre mi cabeza.

 

 

 

 

Daniel Cristancho.